La travesía empezó con
lujo. Si, los padres de Gustavo nos recibieron con total
hospitalidad, generosidad, buena comida y … buen
vinito. Gracias!
Federico nos dejó el domingo de Pascua en la
base del Cerro Catedral, desde ahí, comenzamos
nuestra travesía.
Partimos en la séxtuple y una vez en el filo,
comenzamos la marcha.
Íbamos muy cargados, llevamos demasiado, pero
con el transcurso de los días comprobaríamos
que porteamos lo necesario para compensar las largas
horas de caminata y la necesidad de reponer calorías.
Para
quienes tuvieron la suerte de transitar por este sendero,
no es novedad el paisaje que se despliega a un lado
y otro. El Nahuel Huapi y una generosa vista de sus
accidentes acompañan al viajero los primeros
minutos y a poco andar se presenta con total esplendor
el valle del Rucaco. Todo es para disfrutar.
Con cada
paso y cada piedra a esquivar o pasar, la mente se
va aquietando, se calman el stress y las preocupaciones
cotidianas y te invade una sensación particular
y casi indescriptible de paz, sosiego y energía.
La
montaña te va atrapando.

Al final del día abandonás el Catedral,
el Rucaco y luego de una trepadita te es grato divisar
la laguna Jakob y el refugio San Martín, rodeados
por un conjunto de cerros de similar altura que desde
lo alto, son como una visión.

En el refugio, el Vasco y Marisa nos recibieron con
una “Bienvenida” y una inesperada “paella”;
si, si, señores, lo que les cuento.
Primer día, de gloria, buena gente, buenos lugares,
buena comida.

El periplo iba a seguir desde Jakob a Mascardi por el
Casalata.
Los tres, Gustavo, Pedro y yo, con un vinito
menos a cuesta, que había quedado en la cena que compartimos
con Lucas –guía de montaña- y una
pareja de americanos, y mucho por recorrer; nos echamos
a andar. Dejamos atrás una mañana de ensueño,
que nos permitió ver la luna y todo el entorno
reflejarse en la laguna Jakob como en un espejo.

Siendo la tarde hicimos otro stop, esta vez el lugar
era hermoso, con playita y pastito, daban ganas de quedarse,
hacía calor, así que aprovechamos para
zambullirnos y recargar energía. Ya estábamos
medio cansados pero la perspectiva del asado que nos
aguardaba al final del día nos motivó a
seguir.

Cuando atravesábamos el paso Schweitzer comenzaron
las sorpresas; un curioso cóndor salió a
nuestro encuentro y ante nuestro asombro desplegó toda
su cadencia y su poder, desapareciendo antes que nuestras
cámaras reaccionaran; pero sin impedir que su
grandeza quedara grabada en nuestras mentes.

Seguimos. Lentamente el sendero se fue cerrando y se
fueron desdibujando las marcas. Costó mucho
seguir el camino, vadeamos varias veces el río,
cruzamos varios mallines, y nos detuvimos incontables
veces.

El espíritu de cada uno y el carácter del
grupo, se iban fortaleciendo.
Pasaron muchas horas.
Gracias a Lucas por sus sabios y
sanos consejos.
Si, gracias a ellos, nos mantuvimos alertas, separados
prudentemente y fuimos encontrando las marcas que nos
llevarían a nuestro primer lugar de acampe.
Era necesario descansar, estábamos mojados y
aparecían algunos dolores.
Cada uno asumió una tarea. Rápidamente
armamos el campamento, cocinamos y finalmente nos fuimos
a dormir.

Al tercer día amaneció algo nublado.
Por suerte, la lluvia no se mostró sino hasta
que llegamos al destino esperado.

La senda parecía cerrarse cada vez más.
Gustavo, con su proverbial conocimiento agronómico
nos iba ilustrando sobre las especies que salían
a nuestro encuentro.
Fue una verdadera aventura académica.

Lo más singular que advertiríamos a esta
altura del viaje es que en prácticamente dos días,
no habíamos cruzado ningún semejante.
También nos dimos cuenta bien temprano que nunca
llegaríamos a horario para subirnos al micro que
nos llevaría del Campamento Los Césares
a Pampa Linda.
Por esto y mucho más nos entregamos plácidamente
al entorno.
Sin darnos cuenta, ya éramos rehenes de la montaña – claro
que con síndrome de Estocolmo-.

Cada uno de nosotros parecía detenido en un tiempo
y espacios diferentes. Desde mi visión nos vi
permanecer durante horas abstraídos de cualquier
preocupación, como si viviéramos un mundo
de quimeras.
Entre inmensos alerces vimos aparecer el
Mascardi y en un ratito, nomás, llegamos a Los
Césares.
Todavía nos quedaban 16 km. para
llegar a Pampa Linda y descansar en la Hostería,
sobre mullidas, cálidas y limpias camitas, después
de recibir las caricias de una ducha tibia y un espumoso
jabón.

El sueño se desvanecía pero Gustavo no
se dio por vencido. Nos dejó preparando un rico
arroz con atún en nuestra marmita campestre y
fue a buscar un teléfono que nos permitiera concluir
lo que habíamos planeado.
Unas tres horas más tarde, con el almuerzo finalizado
y mientras permanecíamos bajo las primeras gotas
de una suave lluvia, llegó Seba de La Cruz a nuestro
rescate.
En unos minutos estuvimos en Pampa Linda … qué bueno!!!
Que maravillosa me resulta necesaria e inevitablemente
la vista del Tronador.

La demora en el Casalata nos hizo replantear la expedición.
Teníamos que sacrificar alguna caminata. Luego de
una larga deliberación, optamos por el Paso de la
Nubes, dejando para otro momento el Paso Vuriloche y el
Refugio Tronador.
El cuarto día lo dedicamos a caminatas más
turísticas y livianas por los más transitados
senderos de Pampa Linda. También recompusimos
un poco nuestro aspecto y limpiamos nuestras ropas.
El Jueves partimos hacia el Paso de las Nubes.

Cuando literalmente pasamos se abrió ante nuestras
absortas miradas un paisaje inesperado. Automáticamente
nos miramos y coincidimos en la emoción. Se nos
erizó la piel.
Como premio extra, nos recibieron,
uno, después
dos … finalmente cinco cóndores, presumiblemente
hembras, adornando el cielo con sus largas alas.
El conjunto
es maravilloso… el Glaciar Frías,
el valle, el río Frías .. y en el fondo,
la Laguna Frías.
Todo en armonía, con un
sol fastuoso coronando con su esplendor la inmejorable
postal.
Este es un dato mayor si consideramos que estábamos
entrando a una de las zonas más lluviosas del
país, sino a la más lluviosa.
Al descender
hacia el valle y luego de un reconfortante refrigerio
que preparamos a orillas del rio Frías
y al costado del campamento móvil, nos adentramos
en la selva Valdiviana.
Sería faltar a la honestidad de estas líneas
no contarles que Don Valdivia fue mencionado por Pedro
en varias oportunidades, aunque con referencias poco
gentiles hacia su persona.

Mientras esto ocurría, Gustavo seguía
deleitando nuestros oídos y nuestras mentes
con sus esmeradas y apasionadas descripciones
de árboles y plantas.
Buscábamos a estas alturas un lugar para acampar
lo más cerca posible de Puerto Frías para
poder descansar sin prisa pero sin perder los lugares
que habíamos reservado en el Catamarán
que nos levaría a Puerto Alegre.
Encontramos el
lugar ideal a tan sólo 30 minutos
de caminata.
Preparamos unos riquísimos Capelletini y a dormir… última
noche de “ensueño”.
Al mediodía navegamos la laguna de mis sueños.
Creo que para mi es uno de los lugares más bellos
que he visto y llevo en mi corazón. Tal vez sea
porque en mi recuerdo es el primer lugar mágico
que conocí, algo así como el primer amor.
Finalmente,
Puerto Blest, y de ahí a San Carlos
de Bariloche.
Gracias a Federico otra vez, que nos buscó en
Puerto Pañuelo.
Y Gracias a Blanca, que ya nos esperaba con la comidita
preparada.
Otra vez el acogedor hogar de estos amigos, dos personas
que para Pedro y para mi resultaron una maravillosa revelación.
Gus, como es obvio, los viene disfrutando hace años.
Con ellos y con Uds., amigos, comparto esta historia.
Salud.
Marina Coronel
|